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Categoría: Historia
Saga:
Cuento: ¿Que hace que un recuerdo quede en tu memoria, y otros no? ¿Que hace que un recuerdo quede en tu memoria, y otros no? Tenía veinticinco años, ya con diez de drogas encima. Un mediodía, como cualquier otro en mi rutina, fui a una cantina en los bulevares de Tres de Febrero, Buenos Aires. Una parrilla sucia y desprolija. Ahí tomaba unas cervezas para arrancar mi gira del día. Sentado en la barra, miraba por la ventana a los transeúntes. En un momento, el dueño notó que la bacha de la pileta se había tapado. Arqueó su mano derecha, haciendo un hueco que imitaba una sopapa, y comenzó a apretarla contra el desagüe como quien quiere revivir a un muerto. Tras varios intentos, se destapó. Y hubo un grito de festejo ante la pequeña gran hazaña de Enzo, recuerdo que así se llamaba. Esa imagen sigue intacta en mi memoria. Viene de vez en cuando, cuando me veo haciendo lo mismo en mi bacha. ¿Por qué es tan vívido este recuerdo tan inútil? Hoy, veintitrés años después, lo entiendo. Faltaban dos años para que me internara. Ya había en mí un deseo de dejar esa vida, aunque no lo supiera. Ese acto mínimo, mundano, rutinario, normal, era lo que mi interior estaba deseando: una vida normal. Una asociación inconsciente que se grabó en mi cerebro como fuego. La memoria no guarda al azar. No son solo los grandes hitos los que nos marcan, sino los gestos pequeños que, sin saberlo, nos muestran el camino. Como si la memoria, en su aparente capricho, ya supiera antes que nosotros hacia dónde queríamos ir.
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Categoría: Relatos continuados
Saga: Pequeño bandido
Cuento: Se establecieron en un rancho abandonado, siete humanos decididos a forjar un mundo sin reglas. Vivirían como si fueran los primeros habitantes de la Tierra, cazando cualquier criatura para alimentarse. Y, por supuesto, entre ellas estaba el ser humano. Después de instalarse en sus chozas improvisadas, salieron a cazar para llevar a cabo la faena fundacional. Entonces, el destino les ofreció un regalo: un autobús escolar, cargado de niños de nueve años en excursión, se descompuso en la carretera próxima al asentamiento. "Los Primitivos de San Diego" lo interpretaron como una señal. Su culto no era solo terrenal; había en su fe un vínculo con lo invisible, algo en el más allá que sostenía el espíritu de los siete. Luis Ángel fue el elegido para ejecutar el sacrificio. Mataría la comida y la cocinaría sobre las brasas. Así comenzaba la locura.
Premiado: No
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Categoría: Memorias de vida
Saga:
Cuento: Hoy sería tu cumpleaños número... ¿81? ¿Cómo puede ser? ¿Si yo nunca te vi envejecer?Dejaste este mundo a los 57 años, y es en esa edad que quedaste en mi memoria.Pero los recuerdos son frágiles, especialmente cuando la cotidianidad desaparece.Entonces uno recurre a fotografías para enfocar esas imágenes que los años hacen cada vez más difusas. Y es ahí donde uno elige la que más le gusta, o la que mejor resuena con su interior.Yo elegí estas dos.Y ahora, mientras escribo estas palabras, me doy cuenta de que cada vez que te recuerdo, me venís así, más joven.Hoy sería tu cumpleaños número... ¿81? ¿Si yo nunca te vi envejecer?Aquellos que nos faltan no envejecen en nuestra mente, pero hoy me di cuenta de que te rejuvenecí en la mía.
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Categoría: Memorias de vida
Saga:
Cuento: Me acuerdo de buscarte por todas las esquinas: en los semáforos pidiendo limosna, en los cordones de las veredas tomando vino, en las comisarías, en los hospitales. Mientras trataba de encontrarte en cada alma que deambulaba esa noche, extrañaba todos tus defectos. Todas aquellas actitudes que odiaba de vos, de repente, me hacían falta. Me avisaron que hacía dos días que no aparecías por tu casa ni por el barrio, y salí a buscarte pensando lo peor. Con vos, era lo esperado, no te voy a mentir. Años de alcohol y drogas, años de internaciones fallidas, años de ir en contra de cualquier sistema establecido redujeron las probabilidades de tu final. Pero uno nunca lo espera. Me corrijo: lo espera, pero sorprende igual. Te busqué por todas partes y ese día no te encontré. Las especulaciones que llenaron mi almohada esa noche eran todas funestas, y la idea de no volver a verte más crecía en mi corazón con una angustia que dolía. Fue entonces cuando empecé a añorar nuestras peleas. Qué lindo sería volver a cagarnos a trompadas como lo hacíamos de adolescentes. Un sábado cualquiera, a las cuatro de la mañana, nos encontrábamos en el pool de Lope de Vega y Beiró, ya pasados de rosca, tomábamos unos tragos y terminábamos con un ojo morado o un labio roto. En realidad, voy a ser sincero, la frase “nos cagamos a trompadas” es un engaño; “ME cagabas a trompadas” sería más correcto. Y tampoco seamos tan drásticos con los términos: me pegabas un puñetazo correctivo y caía rendido, por la piña y por el alcohol en sangre. Pero esa noche no te encontré y no pude dormir. Te recordaba como si ya no estuvieras en este plano, y eso me asustaba. Al otro día llamé a un hospital y me dijeron que estabas ahí. Agarré el auto y no pisé el freno hasta la entrada. Los médicos me dijeron que unos vecinos te encontraron tirado en una esquina sin memoria. Te dieron de comer por dos días hasta que te desmayaste. Cuando me viste, me reconociste, pero tu cara ya no era la misma. El daño neurológico ya te había desfigurado. No eras vos. Sin embargo, tu mirada seguía intacta, o por lo menos yo podía ver a través de ella. Si me quedaba mirándote fijo, podía traspasar tu cuerpo y verte el alma. Vos ya no estabas acá. Tu mente había viajado a un tiempo en donde mamá estaba viva y éramos una familia feliz. Después de una semana, nos dejaste. Pero vos ya te habías ido mucho antes, el día que te encontraron tirado en una esquina sin saber quién eras. Me gusta creer que me diste la oportunidad de verte por última vez y por eso dejaste tu cuerpo acá por unos días más. Me alegra saber que hackeaste tu mente y pudiste elegir en qué año querías morir, allá, en los años felices, cuando estabas bien, cuando estábamos bien. Viviste y moriste a tu manera. Yo no te supe amar como vos me amabas a mí: sin prejuicios, sin máscaras, como un hermano mayor sabe amar al pequeño. Solo cuando te fuiste pude ver el amor que tenía por vos y no lo sabía. Te extraño. Extraño odiarte. Extraño tu mirada. Extraño pelearnos. Qué lindo sería volver a cagarnos a trompadas una vez más.
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Categoría: Memorias de vida
Saga:
Cuento: El viejo hacía temporada en Mar del Plata con la obra “Taxi”. Alquiló una casa en Punta Mogotes y fuimos con mamá a veranear un mes entero. La casa venía con perro incluido. Se llamaba “Copi”. Mis recuerdos son vagos cuando más atrás voy. Viendo fotos como esta, en donde lucíamos el corte de moda de los años 80’, mi mente trata de armar un rompecabezas. Las imágenes se concatenan como un celuloide antiguo. Con muchos cortes. La escena termina abruptamente y salta a otra. Y así. Pero hay algo que traspasa esa tediosa tarea de recordar y se siente tangible en el ahora. Los olores. Las sensaciones. Los sentimientos. Éramos felices. Terminaron las vacaciones y adoptamos a un ovejero alemán. Yo quería llamarlo “Copi” igual que el perro de Mar del Plata. Vos querías llamarlo “Lobo”. Disputa. Lágrimas. Tuvo que interceder mamá con una solución salomónica. Lo terminamos llamando “Lopi”, la mitad del nombre de cada uno. Hoy es tu cumpleaños. Hoy te recuerdo. Feliz.
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Categoría: Memorias de vida
Saga:
Cuento: Crecí con un padre que era “famoso”. Un padre que en mis primeros años de vida trabajaba en la televisión y en el teatro San Martin. Recuerdo que me llevaba a el set de televisión y me dejaba espiar las obras tras bambalinas. Recuerdo que en la calle lo paraban para pedirle un autógrafo. Mi padre no era solo mío. Era de los demás también. Crecí con un padre idealizado. Sí, es un proceso común en la mente de un niño idealizar a sus padres, pero yo lo idealizaba como un otro. No idealizaba a mi padre, sino al actor. A ese actor que no era solo mío. Fue un proceso difícil separar (¿o unir?) a esos dos padres. Pero en todos estos años de vida, cada vez que lo veía llorar, sentía cómo bajaba de aquel pedestal que había construido mi psiquis. Las etiquetas desaparecían. Es ahí, en la vulnerabilidad, en donde se borraba cualquier límite vincular y lo veía como un ser humano. Esto pasa con mi padre, con mi madre, y con cualquier persona que vi y veo llorar. Es ahí que la empatía gana terreno y uno ve la esencia del alma. La esencia del ser humano que está más allá de las etiquetas sociales. Ayer te vi llorar de emoción, pero no vi a mi padre, tampoco vi al actor, vi a un niño rosarino que cumplió sus sueños. Vi a un hombre que, a pesar de todos los obstáculos de la vida, nunca dejó morir a su niño interior.
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Categoría: Memorias de vida
Saga:
Cuento: Este año comencé un taller de escritura narrativa en donde terminé de descubrir mi nueva pasión, ahí pude escribir una novela corta de índole thriller espiritual y me encuentro en proceso de otra más personal, hablando sobre la introversión que padecí varios años de mi vida. En ella indago, a veces con humor, si pudo haber sido por un trauma antes de mis seis años a quien bautizo "El bicho". En el devenir de la escritura y evocando recuerdos, logré reparar memorias falsas y deformadas. Una de ellas era sobre vos. Hoy, después de sanarte, de sanarme y así sanar nuestra relación, te puedo saludar en tu día sin ningún sentimiento distorsionado y por sobretodo sin tristeza, sino con el amor de lo que fue y es. En tu día te regalo un fragmento de mi novela la cual titulé “El bicho, biografía de un trauma”. "Los recuerdos siempre están bañados de subjetividad, pero esa subjetividad que se forma puede cambiar con los años. Por la influencia de El Bicho, de los recuerdos falsos, o del condimento de sentimientos presentes que uno le pone a un recuerdo pasado. La memoria no es fiable. Un mismo hecho presenciado por dos personas es recordado de diferente manera. La memoria se puede manipular, está comprobado, y siempre es manipulada por uno mismo. Porque mi mamá estuvo presente a pesar que lo nieguen mis recuerdos. Estuvo ahí cuando me meaba, cuando me echaron por rapear el poema, cuando repetí injustamente, estuvo siempre ahí al pie de mi cruz. Mi mamá fue y es la más fiel custodia de mi niño interior. No lo pude ver hasta el día de hoy." ¡Feliz día Mamá! te desea mi niño y yo. Año 2021
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Categoría: Memorias de vida
Saga:
Cuento: Tenía 10 años, más o menos. Estaba con mi madre en un bar que está en la esquina de Corrientes y Paraná, seguramente haciendo tiempo para entrar a ver una obra en el Teatro San Martín, donde actuaba mi viejo. Yo tomaba mi gaseosa, miraba por la ventana, jugaba con el servilletero. Salir al centro e ir al teatro era una aventura, una aventura hermosa. En el bar, aparte del ruido común de estos lugares, había una mesa en donde estaban sentados unos actores que emitían un bullicio “especial”: tonos de voz altos, expresiones marcadas, interrupciones infantiles, como nenes en un recreo. Mi mamá los miraba atentamente, con un gesto de admiración y añoranza. (Ella había formado parte del elenco de “Locos de verano” de Gregorio de Laferrère en el año 1970, en el Teatro Cervantes, bajo el nombre de Emilia Jorge. Allí conoció a mi viejo). Los miraba con ese gesto de tristeza alegre, cuando uno de ellos, el que estaba contando la historia, se levantó abruptamente, haciendo que la silla en la que estaba tambaleara, a punto de caerse. Sin reparar en esto, siguió contándola de pie, como si necesitara más herramientas que la expresión de su cara o de su voz, como si necesitara ponerle el cuerpo a ese cuento, a ese relato, a esa “letra”. Se puso de pie y la actuaba. Mi mamá, sin apartar la mirada de la escena, me dijo: —¿Te diste cuenta de que los actores se paran para contar las historias? Hoy, a las 4 a.m., me desperté con este recuerdo. Es raro, porque es un recuerdo recurrente en mí. Cuando pienso en vos, en mis momentos con vos, este es uno que siempre pasa por mi cabeza. Pero hoy, a la madrugada, volvió más fuerte, más vivo, como queriéndome decir algo, como queriendo revelarme algo. Tangible, como si hubiera sido ayer. Quizás me caiga la ficha más tarde, o quizás me esté cayendo ahora. Hoy en día, me encuentro haciendo lo mismo que ese actor del bar. No puedo contar algo si no me pongo de pie, si no interpreto esa historia, por más chiquita que sea, por más que sea una nimiedad. Sé que, donde estés, me estás mirando, a mí, con el mismo gesto de aquella tarde, diciendo lo mismo: —Los actores se paran...
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Categoría: Memorias de vida
Saga:
Cuento: No estoy seguro de nada. De niño, la creatividad fluía sin límites: escribía cuentos, actuaba, me disfrazaba, me desenvolvía en mi máxima expresión. Por algún motivo toda esa libertad quedó en segundo plano varios años de mi vida, se desvaneció completamente. La astrología dirá que fue porque tengo a Saturno en la casa uno con ascendente en Leo, y así se entendería el enfriamiento del YO. La terapia convencional en cambio se centrará en la censura inconsciente de mis padres, en casa había problemas y no era momento de payasadas. Sepulté al niño expresivo y aunque logré desenterrarlo después de dos décadas, el daño ya estaba hecho. Ahora cada vez que me expreso creativamente, la inseguridad y la mirada ajena me atormentan. Vivo en un constante escrutinio, tanto propio como de mis demonios, antes, durante y mucho después de crear. oh si, mucho después también. Siento el peso de todas las inseguridades en una mochila que carga mis hombros. No estoy seguro de nada, pero tampoco dudo de que seguiré creando, a pesar de mis demonios. Abril 2021
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Categoría: Memorias de vida
Saga:
Cuento: Los últimos están «justificados» porque no la pasamos juntos, pero ¿los anteriores? ¿los de la infancia?, no los recuerdo. Para ser sinceros, no recuerdo muchos los míos tampoco. Pero en esa infancia te recuerdo, claro que te recuerdo, torturándome con la saliva «bungee jumping», enojándote con Manolo porque me llevaba con tu grupo de amigos a la fábrica, jugando con los jeeps de plástico que nos trajo el viejo cuando nos contó que el abuelo había fallecido, jugando al scalextric, y tantos otros recuerdos, pero de tu cumpleaños no me acuerdo. Qué compleja que es la mente. Qué algoritmo raro que usa para elegir los recuerdos que quedan en el consciente y los que no. Uno pensaría que es más importante la fiesta de cumpleaños de tu hermano que el color de la camioneta del vecino, pero no, así de cruel es. El otro día, inmerso en una búsqueda sobre mi vida pasada (terapia alternativa de por medio), me vino un recuerdo que estaba enterrado en el inconsciente. Vos estabas en la cama con las rodillas flexionadas y tus brazos sobre ellas, llorabas por que los viejos te estaban retando. Yo, con 5 años, hacía payasadas disfrazado (por celos, para llamar la atención, para tratar de «salvarte», o por todo eso junto), entre las lágrimas desviaste la mirada hacia mí, y te reíste. Te salvé de ese estado en que estabas, pensé cuando lo recordé. Pero hermano mío, ese recuerdo me decantó un sinfín de respuestas sobre mi niño herido, sobre mis traumas inconscientes, y sobre tantas otras cosas. Así que te afirmo que ese día del año 1982 en el departamento de Castelli 2006 en Ciudadela, cuando me viste entre el sollozo y te reíste, me salvaste vos a mí acá en el año 2021. Facu, hoy sería tu cumpleaños número 48, agradezco que hayas estado en mi vida. Abril 2021
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Categoría: Saga
Saga: Pequeño bandido
Cuento: En el autobús hacia Norteamérica, Luis miraba el atardecer en las llanuras de México. Un joven se le sentó al lado, y Luis, sin mirarlo comenzó a hablarle. "Somos animales, criaturas que han olvidado su verdadera naturaleza, escondiéndola bajo capas de civilización y progreso. Pero yo he descubierto el camino de regreso. Mira al cóndor surcando los cielos, majestuoso y libre, o al puma, sigiloso y decidido mientras acecha a su presa. Así debemos ser nosotros, reconociendo y abrazando nuestros instintos más primarios. Debemos retornar a nuestro estado primitivo." Como si el destino hubiera tejido un encuentro deliberado, el joven se convirtió en el primer seguidor de la nueva secta que Luis había iniciado en esa carretera. “Los Primitivos de San Diego”, la ciudad en el estado de California donde finalmente se asentaron y comenzaron a florecer.
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Categoría: Relatos continuados
Saga: Pequeño bandido
Cuento: Salió del reformatorio vacío por dentro. Pisó el pequeño cráneo de una paloma herida y el crujir de sus huesos vibró en él. Sus glándulas suprarrenales estimularon la secreción de adrenalina que recorrió sus venas y sintió abstinencia por primera vez. Necesitaba matar. Tomó un colectivo hacia la carretera Panamericana, la ruta más larga del mundo que conecta Argentina con Alaska, y comenzó su sangriento camino que lo llevaría a ser portada de los diarios de todo el mundo. El mote cambiaba en cada estado: “El loco de la ruta”, “El panamericano homicida”, “Charlie Way”, etc. El asesino, escribían los tabloides, viajaba por la ruta pidiendo aventones y asesinando a los conductores una vez recorridos los 500 km. Ni uno más, ni uno menos. Los cuerpos de las víctimas aparecían en el baúl, abiertos desde la garganta hasta la pelvis con algún elemento de poco filo, según los peritos, debido a las imperfecciones del corte en la carne, y totalmente vaciados de órganos vitales. Una postal por demás macabra. Las vísceras faltantes de las víctimas, hasta ese momento cinco hombres y dos mujeres, no se habían encontrado por ningún lado. Luis se leía en un descampado de Trujillo, Perú, cocinando a las brasas de un fuego improvisado, los pulmones de su último sacrificio. La ofrenda no era para ninguna deidad, era para su alma
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Categoría: Relatos continuados
Saga: Pequeño bandido
Cuento: Luis terminó en un reformatorio a los doce años. En ese recinto su alma acabó de oscurecerse. Doce meses le bastaron para aprender a matar. Su primera víctima fue producto de una pelea entre internos. Su rival cayó con la cabeza en la fría porcelana de un inodoro. Su cráneo explotó derramando masa encefálica por el piso de mármol. Esa escena quedó impregnada en su consciente, reviviéndola adrede una y otra vez. Cuadro a cuadro. La curiosidad por el cuerpo humano había hecho mella en su interior. ¿Qué más había dentro de la carne? Raspó una cuchara sopera contra la pared por más de un mes, transmutando su uso. Una noche cortó la yugular de su compañero de cuarto y abrió su pecho desde la garganta hasta la pelvis. Sus manos danzaban dentro del cadáver como un cirujano inexperto. Sacó sus órganos y los dispuso en el suelo, rearmando la estructura humana como un rompecabezas. El ser humano era solo un saco de huesos frágil y débil, pensó. Esa fragilidad lo infló de poder. Ya nadie podría pararlo.
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Categoría: Relatos continuados
Saga: Pequeño bandido
Cuento: A los ocho años Luis tenía un hermano de cuatro. La poca atención de sus padres ahora se la llevaba aquel proyecto de ser humano. La madre lo obligaba a amar, pero a él solo le salía repulsión por sus poros. Él odiaba. Odiaba a su padre, odiaba a su madre, odiaba a sus amigos, odiaba a su hermano. La abstinencia de aquel sentimiento de placer después de la maldad estaba a flor de piel cuando decidió llenar la bañera de agua hirviendo y tirar al pequeño pedazo de mierda que había nacido para estorbar. El padre logró sacarlo a tiempo antes de su fallecimiento. Las quemaduras de tercer grado le quedarían marcadas para siempre, igual que a Luis la cicatriz debajo de su ojo derecho que había abierto la gruesa mano de su colérico padre. El éxtasis de la malicia se mezcló con el odio profundo hacia su propia sangre, y le gustó. La alquimia de sentimientos oscuros estaba creando una personalidad que lo llevaría a vivir en un mundo de ferocidad impensada.
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Categoría: Relatos continuados
Saga: Pequeño bandido
Cuento: Los niños son crueles. La escuela suele ser un campo de guerra, más para un niño como Luis y su problema en el habla. Su tartamudez comenzó desde muy temprano. Las palizas que su padre propinaba a su madre eran salvajes. Su psiquis no supo cómo procesar esa información y sus palabras quedaron truncas. En el colegio sufrió mucho. Con cada burla, con cada abuso, su resentimiento iba creciendo. Una mañana de marzo abrió la llave de gas del aula. A la mañana siguiente, en todos los diarios, la noticia de dos muertos y treinta intoxicados reconfortó de algún modo a Luis. Un sentimiento nuevo germinó en su pecho. No sabía qué era. Se sintió pleno y extasiado. Una hermosa sensación que buscaría recrear una y otra vez, como una adicción.
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Categoría: Relatos continuados
Saga: Pequeño bandido
Cuento: Tomó el auto que dormía en el garaje y se lanzó a la ruta. Decidió que ya no iba a soportar más los gritos y malos tratos. No sabía manejar, solo había visto cómo lo hacía su padre alguna vez. Abrió la guantera y encontró una petaca de licor. Se empinó la pequeña botella y la repulsión que le provocó hizo que soltara el volante, chocando con un poste de luz. La ambulancia y sus padres no tardaron en llegar. Luis Ángel Salazar, de ocho años, fue hospitalizado con traumatismo de cráneo. Desde ese día lleva consigo el apodo de “Pequeño bandido”. Hoy, ya con sesenta años, Luis Ángel comía su última cena antes de ser ejecutado con una inyección letal. La acusación: Asesinato premeditado de quinientas personas en una secta espiritual al sur de California, E.E. U.U. Esta es la historia de un hombre común a quien la vida no le dio ni una sola oportunidad; él se las arrebató, una por una.
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Categoría: Relatos continuados
Saga: Del otro lado
Cuento: Un héroe muere al lado mío. La injusticia me carcome. El día reinicia del mismo modo. Intento salvarlo. Pero muere de otra manera. La muerte es inevitable. Por más que el día cambie, mis intentos de salvarlo son en vano. Al final de cada día muere inevitablemente. Llevo 15357 días salvando a mi héroe. Ya estoy cansado. Hoy no lo salvo. Paso de día. Mi héroe no muere. Mylos me escribe en el corazón: “Deja el control y tus deseos se realizarán”.
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Categoría: Relatos continuados
Saga: Del otro lado
Cuento: Una bella hada de nombre Valentina me susurra al oído verdades inentendibles. Sin embargo, las comprendo. Vemos un hombre a lo lejos. Me acerco. Lo tomo del brazo y lo hago elevarse del suelo. “Para volar solo hay que recordar”, le digo mientras se despliegan unas frondosas alas en mis espaldas. Me despierto, me siento más dinámico, como recién llegado de un vuelo nocturno. Mylos me susurra al oído: “Somos ángeles encarnados”.
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Categoría: Relatos continuados
Saga: Del otro lado
Cuento: Miro a mi alrededor y odio. Odio a la gente que sin saber repite lo que escuchó de un opinador de turno. A la gente que no tiene empatía con el prójimo. Los veo constantemente, ruedan en mi cabeza en escenarios ficticios. En ellos intento abrirles los ojos; sin embargo, están cegados. Mylos piensa en mí: “Tú eres el creador del universo, crea uno en donde todo eso no exista; si odias el sufrimiento, no sufras más”. Espero poder.
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Categoría: Relatos continuados
Saga: Del otro lado
Cuento: Salgo de una estación de subterráneo. Veo una congregación de personas alrededor de un hombre que se sostiene con dos muletas y un par de brazos amigos. Canta triste. Sus cuerdas vocales expresan un dolor profundo. Melodías de dolor empapan la atmósfera. Entra un desfile de jóvenes bailando por el medio de la calle. Llevan un féretro. Festejan la muerte. Mi cuerpo comienza a sentir el ritmo del ritual. Quiero festejar el fin del sufrimiento con ellos. Una mujer blanda me dice al oído: “Es tu destino”. Me empuja sin tocarme. Siento sus dedos en mi cuello que dibujan la señal de una cruz. Me sumo al baile. No sufro más. Mylos piensa en mí: “Sin pensamientos no existe el sufrimiento”.
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Categoría: Relatos continuados
Saga: Del otro lado
Cuento: Estoy en una casa que no conozco, pero siento mía. Floto hacia la puerta. La abro y la mujer de lana desciende del cielo con dos cuerpos en sus brazos. Sus caras de hilo blanco con ojos de botones comienzan a brillar con vida. Se sientan inertes en unos bancos largos. Comienzan a moverse lentamente, como despertando de un sueño eterno. Los dos me miran al unísono y los reconozco. Son mi difunto hermano y mi difunta madre. Corro hacia ellos. Los abrazo. Bailamos. Bailamos sin parar. Me muevo en una danza sin límites con mi corazón rebosado de felicidad. Mi madre me mira y veo en sus ojos una presencia extraña. No es mi madre. Sigo bailando sin levantar sospechas y la arrincono contra la pared. Acerco mis labios a sus oídos y le pregunto: "¿En qué año naciste?". La burbuja explotó sin dejar rastros. Volví a la zona gris y al zumbido eterno. Mylos piensa en mi conciencia: “Cuidado con la mujer de lana que vende ilusiones”.
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Categoría: Relatos continuados
Saga: Del otro lado
Cuento: Mi nombre es Esteban y vivo en el sueño eterno que existe entre la vida y la muerte. Soy un alma que quedó atrapada en el vacío legal, que deja un coma inducido. Mi morada es la "Zona Gris", jurisdicción que ningún ángel quiere gobernar, salvo Mylos, el ángel olvidado. Aquí no hay nada. Oscuridad absoluta. Escucho un zumbido a lo lejos que se pierde en la constancia. El tiempo solo es perceptible cuando colisiono con las burbujas de experiencias. Se acercan de la nada en milésimas de segundos e ingreso a una visualización de momentos donde se entremezclan vivencias reales con ficticias y las imágenes comienzan a emerger como hologramas suspendidos en el vacío. Estas ampollas de sueños son la forma en que Mylos se comunica conmigo, dejándome siempre un mensaje oculto el cual debo descifrar. Perdí la noción del tiempo que llevo en este estado. También perdí la memoria de mi vida en la tierra. Solo me quedan las vivencias que Mylos me envía para aprender. A continuación, trataré de describir las mismas y en el proceso entender quién soy.
Premiado: No
Texto Premiado:
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Categoría: Cuento
Saga:
Cuento: Pasó toda la noche viendo videos de teaorías conspirativas. Alguien tocó el timbre. Mató a su madre.
Premiado: Si
Texto Premiado: Microcuento seleccionado por la editorial @PalabraHerida
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Categoría: Cuento
Saga:
Cuento: ¿Cómo explicarle a un niño lo que es el alma? ¿Como explicarle algo tan abstracto, inmaterial e intangible, y a su vez tan concreto como las atribuciones que se le adjudican? La de pensar y sentir, la de ser conciencia, la de ser la sustancia misma de la vida, mas no el cuerpo que habita. Pareciera una tarea imposible, sin embargo, mi abuelo me lo enseñó con una contundencia tal, que no tuve la más mínima duda de su existencia. Él coleccionaba estatuillas de dioses griegos. Eran diminutas figuras talladas en vidrio templado, que exhibía en una biblioteca situada en el fondo del pasillo de mi casa. El escaparate tenía cinco estantes, en los dos superiores moraban sus dioses cual monte del Olimpo, en los restantes, libros, fotos y otros enseres. Mi fascinación por esas siluetas transparentes se robaba varias horas de mis días. Las contemplaba embelesado desde mi metro seis de altura cuando el sol las acariciaba y su luz se dispersaba en un arcoíris, pintando así las paredes de mi cuarto con vida. Una tarde de lluvia, yo y toda mi inocencia, decidimos tocar a los dioses. En absoluto silencio arrimé una silla al panteón improvisado y tímidamente me subí como un ladrón de sueños. Apenas mis dedos hicieron contacto con Poseidón, el fragoroso grito de mi abuelo rebotó en toda la casa como un trueno: “Bajate de ahí o te rompo el alma” me dijo, y entendí. Entendí que lo que me iba a romper era algo más grande que mi identidad corpórea. Entendí que había una presencia más relevante que mi yo mundano. Entendí que el alma era un concepto que terminaba de definirme como ser. Que esa concepción que yo no podía ver ni tocar, era en realidad mi verdadera esencia. Entendí que era el todo. “Bajate de ahí o te rompo el alma” es la frase más horrenda que jamás haya escuchado, sin embargo, no encuentro una mejor, para enseñarle a un niño, lo que es la naturaleza de esa entidad. “Bajate de ahí o te rompo el alma” me dijo, y entendí. ¿Pero entonces? ¿El alma se puede romper? Todo el empoderamiento de esa noción se desmoronó en segundos convirtiéndose en fragilidad. El alma podía romperse. ¿Como iba a cuidar algo que no veía? Entrelacé los dedos de mis manos y las situé instintivamente sobre mi pecho, supuse que ahí residía aquel concepto de un yo superior. No quería perderla. Esa tarde, mi abuelo sin saberlo me había enseñado a vivir con un alma. A entender a mi cuerpo como un vehículo que transita lo efímero de este mundo material. Aprendí que mi ser era mucho más que un saco de huesos de cincuenta kilos. Desde ese momento comencé a escucharla en boca de otros, y en cada decir su significado se multiplicaba. “Se me salió el alma del cuerpo” decía mi abuela cada vez que se asustaba, y entendí que el miedo podía matar. “Los ojos son las ventanas del alma” decía mi madre leyendo una poesía, y entendí que el alma se podía ver. “Te amo con toda mi alma” le decía mi hermano a su novia, y entendí que el amor se podía cuantificar. También la escuche en frases hechas, como cliché, subestimando así su valor, dejándola vacía, incorpórea e intangible. Entendí que el alma es la presencia más pura del ser, por eso mismo pienso que hay que asimilar su existencia desde niños, antes de que el mundo nos imponga máscaras y nos haga perder en el laberinto de identidades falsas. Para vivir sin miedo, para vivir siendo reales. Intento encontrar una explicación más amorosa que la frase rancia y violenta de mi abuelo, pero no hay caso, no encuentro otra expresión tan reveladora como esa para graficar lo que es el alma sin caer en estereotipos poéticos, que, a mi gusto, solo desvalorizan la verdadera naturaleza de ella. Cada quien tiene su propia montaña que debe escalar, su propio desafío que enfrentar. Y quizá el alma sea ese faro en la cima que guía en el ascenso. Mientras sigo buscando un eufemismo para aquel regaño que mi abuelo vociferó cuando osé tocar a sus dioses, seguiré gritando a la gente: “Bajate de ahí o te rompo el alma” cada vez que se me presente la oportunidad, así la presencia de ella se hace tangible, y por ahí comprendan que hay que bajar del ego creado por un mundo de prejuicios antes de que su verdadera esencia se rompa.
Premiado: Si
Texto Premiado: 3º puesto en el Concurso Literario "Cada cual tiene su propia montaña", realizado por biblioteca Nuestros Hijos, Uruguay
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