El sistema
Despertó con ideas molestas. Ya no soportaba vivir en sociedad. Había vivido los últimos años como un autómata, del trabajo a su casa, de su casa al trabajo, solo para poder costear impuestos y comida. «¿En qué clase de mundo estoy viviendo?», se preguntaba. Todo el maldito sistema estaba podrido. Tenía que liberarse de sus garras. Necesitaba la libertad de ser él mismo: levantarse, comer y vivir según sus pasiones. Escribir, leer y pintar sin pensar en su supervivencia. Sin depender de la esclavitud del capitalismo salvaje.
Decidió renunciar a su trabajo, se encerró en casa y comenzó a buscar soluciones. Una huerta propia era una utopía: necesitaría una gran porción de tierra que no tenía. Comprar un terreno le parecía irónico, ya que necesitaría del mismo sistema para salir de él. Vivir al aire libre le parecía caótico. Formar una comunidad le resultaba peligroso. Los días pasaban sin respuesta. Comenzó a perder peso. Las noches sin dormir le demacraron el rostro. Los ojos desorbitados le estallaron en sangre. Estaba al borde de la locura cuando, al séptimo día, una idea entró a su mente y su ansiedad se disipó en una calma profunda.
Tomó el revólver calibre 32 que escondía bajo la cama, salió de su casa y le disparó en la cabeza a la primera persona que se le cruzó en el camino.
Ahora pasaba sus días en la cárcel, escribiendo, leyendo y pintando. Allí, encerrado en la celda número 44, encontró la libertad que tanto anhelaba.